Sobre lo eterno del amor de pareja

La sociedad tradicional reclama que las parejas han de ser “para toda la vida”, si es que el amor que se profesan, es verdadero. Todos soñamos de uno u otro modo, encontrar esa pareja ideal que nos complemente y nos llene en todos los aspectos: emocional, intelectual, sexual, de diversión, de reparto de tareas “justo”, incluso económico…todos tenemos ese ideal en la cabeza. Incluso aunque falte algo, tratamos de que se parezca lo más posible a esa idea preconcebida que tenemos.

No obstante, cuanto más avanzo en mi camino, más claro veo el error al que estas creencias nos llevan: ponemos nuestra felicidad totalmente fuera de nuestro alcance, en unas expectativas realmente inalcanzables, y hacemos totalmente, o casi, responsable al otro de nuestra felicidad.

¡Qué gran carga nos ponemos los unos a los otros con nuestras expectativas!

La propuesta es: ¿y si nos vivimos en plena libertad durante el tiempo que vaya a durar nuestro encuentro, dejando a un lado nuestras expectativas de que tenga que durar para siempre? ¿y si nos abrimos a experimentar al otro y a conocerle tal y como es, sin ninguna expectativa de que sea diferente a como ya está siendo?

¿y si nos unimos para dar permiso al otro de brillar, de ser realmente como desea ser, y de hacer lo que realmente siente que desea hacer?

Y si eso nos lleva a unirnos más en nuestro camino: “¡qué maravilla!” Y eso nos lleva a separarnos…¿por qué no podría ser también “¡qué maravilla!”? ¿por qué estamos aferrados a la creencia de que la separación es mala? ¿por qué pensamos que la persona que nos deja, es “mala” o  que nosotros-si somos los que dejamos- “somos” malos? ¿por qué nos parecerá en ese movimiento de separación que hay culpables?

¿por qué nos parecerá en definitiva, que esa situación concreta, o esa forma de vivirse es mala?

Se va la pareja, o nos vamos nosotros y parece que se va el amor…y esto nos lo parece, si me lo permitís, porque no miramos con suficiente profundidad.

¿Y si el pacto más amoroso que hubiéramos podido hacer el uno por el otro sea precisamente no estar unidos toda la vida, si no unirnos por un tramo del camino, y luego separarnos? ¿a pesar de que aparentemente uno de los dos no lo desee?

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¿y si ese hubiera sido el pacto más amoroso que hubiéramos elegido en realidad, fuera del tiempo, más allá de los límites de lo que creo saber y entender? ¿y si yo supiera con seguridad que era precisamente lo que el otro necesitaba, que yo me fuera, o irse él, para que yo y él pudiéramos brillar con todo nuestro esplendor?

¿y si hubiésemos hecho ese pacto para conocernos mejor a nosotros mismos, para poder conocer lo que es el AMOR con mayúsculas y que no sabe de cuerpos ni depende de nada externo?

¿y si pudiera pararme, por un solo instante y observar todas las creencias que tengo con respecto a lo que una pareja debe de ser y pudiera dejarlas ir?

Sólo para poder re-conocerme a mí mismo en un instante. Sólo para poder experimentar el profundo amor que soy, que es totalmente completo en sí mismo, que es pura libertad, puro espacio, y que en realidad, ni necesita que el otro sea de una manera en especial, ni necesita que se quede.

Y sí, puede que nos encontremos en el camino, y celebremos esa completud en la que ya nos sabemos, los dos juntos, por un tramo del camino, o para siempre…pero lo verdaderamente importante, lo que nunca se puede ir…es lo que soy, lo que el otro es. Y eso es Unidad, eso es reconocimiento.

Eso supone verte y verme, reconocerte y reconocerme como lo que soy.

Y si un instante dudé de que eras simplemente eso, puro Amor, aquí lo perdono ahora y lo recojo para devolverte lo que siempre fuiste: amor, puro amor, amor eterno, sin fin. Y así elijo verte ahora.

A ti, y también a mí.

Gracias por acompañarme en cada tramo de mi camino y gracias por cada aparente abandono que se produjo en el mismo, y gracias por cada nuevo encuentro…cada instante valió la pena, porque cada instante fue perfecto y completo. Tal y como es aquí y ahora.

Gracias, gracias, gracias.

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

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Sobre las cosas que tengo que hacer para merecer la felicidad

Esta semana he tenido una toma de conciencia profunda acerca de una cuestión que de algún modo, llevaba intentando sanar en mí desde hace mucho tiempo. Pero para que sea sanado, antes es necesario verlo en profundidad.

La idea que he visto es…simple, cotidiana y está profundamente arraigada en nuestro inconsciente colectivo:

No merezco estar bien (en paz, feliz, en abundancia, con dinero etc.) si antes no hago…

Esa es la idea que he visto en mí, de manera muy muy pero que muy clara. Siempre me he preguntado cómo puedo saber si estoy haciendo lo correcto, si el paso que voy a dar está acorde o no con la vida, si esto que estoy haciendo me llevará a triunfar o a morir de hambre, si me llevará a la felicidad o a la infelicidad. Y en realidad, sigo sin saberlo. La vida no tiene unas reglas fijas como las matemáticas. Para mí sigue siendo un profundo misterio. Pero hay un miedo profundo tras esas preguntas: miedo al abandono, del otro, o de la vida. Una cierta duda sutil o menos sutil, de que en realidad hay algo incorrecto que yo pueda hacer, y por la que seré castigada.

Así que he podido ver de manera muy clara, esa parte de mí que me dice: eres incorrecta, porque no trabajas suficientes horas, o porque no te planificas bien, o porque no estás atinando con tus acciones y vas dando palos de ciego, o porque no pasas suficiente tiempo con tu hija, o porque aún la casa está por limpiar, o porque olvidaste llamar a tu madre…

Y una vez vistas (y sentidas) estas ideas, de manera tan absolutamente clara, y de ver todo el miedo, la sensación de incorrección y de carencia que llevan aparejadas, además de ver que obviamente son falsas (porque no conllevan paz) he tomado una firme decisión:

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Soy merecedora. Confío en la vida. No importa lo que haga o deje de hacer, me merezco triunfar (aunque en el fondo desconozco que significa realmente triunfar) pero sí, me merezco todo lo bueno, merezco ser feliz, merezco abundancia, merezco estar en paz. Y parádojicamente, sólo yo misma estoy en medida de darme ese reconocimiento, ese merecimiento. No viene de fuera. Sólo puedo dármelo yo, sólo depende de mí.

Y desde aquí, proclamo a los cuatro vientos que me lo merezco, que soy suficientemente válida, que soy suficientemente buena…no por nada de lo que hago, ni por nada de lo que digo, ni lo que pienso…sino sencillamente por lo que Soy…y desde ahí, únicamente desde ese lugar, ahora sí, puedo atinar a ver el valor de todo lo que hacen cada uno de mis hermanos, y de todo lo que valen.

Unifico mi propósito con la vida, me dejo en paz, me dejo en la confianza de que la vida me va a proveer y me va a apoyar, en sus formas misteriosas y desconocidas para mí en este momento, pero sé sin duda que lo va a hacer. Y eso no depende de las acciones correctas o incorrectas que yo pueda tomar. No, mi valor no está en eso. Mi valor viene de un lugar mucho más profundo, de Quién soy en realidad.

Así que me abro a recibir, porque me lo merezco.

Reclamo mi poder, y me abro a recibirlo.

Sólo en este instante puedo triunfar en realidad. Sólo hoy. Sólo ahora. Y elijo triunfar. Elijo paz, elijo confianza, elijo descanso.

Elijo abrirme con alegría a mi vida hoy, aquí y ahora. Ese es mi poder.

Gracias, gracias, gracias.

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

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Conócete a tí mismo

Aunque pueda parecer paradójico, en nuestra mente conviven dos niveles. La mayor parte de los seres humanos pasan la vida en uno de esos niveles sin darse cuenta de la existencia del otro.

Y es que pasamos nuestra vida enfocados en los efectos de lo que ocurre, en lugar de ir a las causas, a la raíz de la experiencia de todo lo que ocurre, que soy yo mismo.

No sé exactamente por qué, pero parece que nos da pánico conocernos cómo quienes realmente somos, y nos resulta más entretenido entretenernos con la película externa de lo que ocurre en nuestras vidas: cómo va mi trabajo, la política, mis relaciones, el tiempo, mi dinero, lo que hace el otro… Y no hay ningún problema en esto, salvo que corro el riesgo de olvidarme de quién soy y para qué estoy aquí.

Y sería una pena, porque el camino que conduce a la respuesta a esas preguntas es una pasada.

Creo que será más visual explicar esto con un ejemplo: imagina un pájaro, que está construyendo afanosamente su nido: busca los palitos, los coloca, y pasa todo el día sin parar de moverse y trabajar.

En el mismo árbol hay otro pájaro, que observa la actividad del primero con total tranquilidad y paz. Observa con curiosidad a su compañero, pero también está atento del resto de las cosas que están al alcance de su mirada, los árboles, la tierra, el cielo. No está especialmente apegado al otro pájaro, o a que suceda alguna cosa en especial, sino que está en contacto con algo más profundo, una presencia observadora y esa sensación de estar feliz por el simple hecho de existir.

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La mayor parte de los seres humanos nos identificamos de tal manera con el primer pájaro, con las tareas que hay que hacer, lo que hay que conseguir, lo que no se debe hacer…que nos olvidamos que también somos ese otro pájaro que es capaz de observar con desapego aquello que está ocurriendo, que no dice “tengo la esperanza de que suceda esto o temo que ocurra esto otro…” y sencillamente está atento y presente en aquello que va aconteciendo.

Al principio el primer pájaro está muy identificado con aquello que está haciendo: la construcción del nido. Pero tan pronto como es capaz de estar quieto y en silencio, se da cuenta de la existencia del segundo pájaro, que en realidad, es él mismo, pero en un nivel interno más profundo.

Cuando su mente se sintoniza con la de éste segundo pájaro, las actividades que realiza pasan a ser más refinadas. Existe una sensación de integridad, de unidad.

Probablemente, ese trabajo siga teniendo lugar, pero ahora ya sin miedo, sin obsesión, sin necesidad de controlar las cosas. Sucede porque la vida hace que esta actividad ocurra, como si hubiese otra fuerza que estuviese ayudando a que las acciones se lleven a cabo sin esfuerzo. Hay una desidentificación de aquello que ocurre, que va acompañada de una gran paz y estabilidad.

Cuando empezamos a asumir la posición de ese segundo pájaro y nos paramos, nos tomamos  el tiempo de estar con nosotros mismos y nos vamos regalamos a nosotros mismos espacios de silencio…la conciencia de ese otro nivel de presencia sin esfuerzo en el que habita el segundo pájaro empieza a aparecer de manera muy clara en nuestra experiencia, aunque sea de manera ocasional.

Se hace muy obvio que hay ahí algo más profundo que no puede ser observado si no me “bajo” de mis actividades, de mis expectativas y de lo que yo llamo “mi” vida.

Si no me doy esa posibilidad de sencillamente sentarme y mirarme y conocerme, exactamente tal y como estoy en este momento, y más allá de mis pensamientos acerca de cómo me gustaría estar o sentirme. Te invito a ello:

¿Qué estás sintiendo ahora? ¿Puedes pararte a sentirlo por unos momentos? ¿Puedes hacer ese gesto interno de mirarte?

Incluso aunque no encuentres una palabra, presta sencillamente atención a la sensación de ser, de existir.

Párate un momento a hacerlo.

Puede que así de entrada te asuste, o que no quieras mirarlo mucho, o puede que te aporte paz, o indiferencia, pero en cualquier caso, es un espacio diferente al que estamos acostumbrados a movernos.

Si te tomas el tiempo de hacer esto (observarte) con frecuencia en tu experiencia, podrás constatar cómo existen esos dos niveles en tu mente, y podrás empezar a ver de manera muy clara los pensamientos que provocan tu identificación total con aquello que te ocurre y con aquello que tú crees que eres.

Y pararte y mirarlos, es la única manera de poder empezar a transcenderlos. Porque lo que tú eres en lo profundo no se piensa, se siente, Es.

La práctica del mindfulness es un hermosísimo camino para conocerte a ti mismo, para profundizar en la conciencia profunda de lo que eres, más allá de tus pensamientos y por supuesto más allá de la manera concreta en la que tu vida ocurre en un momento dado, y que está en continuo cambio.

No hay estabilidad en las formas del mundo, en todo lo que veo ahí fuera, sólo existe el cambio continuo.

Sin embargo, existe otro espacio en mí que es profundamente estable. Un espacio en el que todo tiene cabida, todo es acogido y aceptado desde esa parte de mi mente que es humilde y que está abierta a aprender de la Vida, porque sabe que no sabe.

Pero para eso, primero he de conocer, mirar y soltar esa parte de mi mente que sí que cree que controla y que sabe mucho. Y no todo el mundo está abierto a esa pérdida de control, a soltar mis razones, mi “sentido común”, mis “así son las cosas”.

Sin embargo, sólo mediante esa mirada honesta, profunda, limpia, puedes empezar a conocerte como la presencia estable que realmente eres, y que no tiene problemas con nada de lo que acontece.

Empezarás a conocerte como pura vida, pura libertad, pura alegría, pura presencia, pura paz.

Y además verás con gran regocijo que eso que eres, siempre lo has sido, sólo que hasta entonces no podías verlo porque había demasiado ruido mental.

Tómate el tiempo de estar en silencio, de practicar, de conocerte. Tarde o temprano te verás, te descubrirás: y te darás cuenta que ése regalo no era sólo para ti, sino que era para el mundo entero.

Y la belleza de ese descubrimiento no se puede explicar mediante palabras, pero sin duda, puede empezar a intuirse.

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

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8 cosas que podrás experimentar cuando practiques Mindfulness

El mindfulness es una técnica maravillosa que muestra sus beneficios cuando la practicas habitualmente. Una herramienta milenaria en realidad, que nos hemos empezado a animar a practicar en occidente en los últimos años, al haberse demostrado científicamente (actualmente ya hay más de 5.000 estudios) todos los beneficios que tiene.

Y está en plena expansión en todos los ámbitos de la sociedad.  El otro día me enteraba, a través de un estudio del Colegio de psicólogos, de que, sin ir más lejos, más del 20% de las empresas ya emplean estas técnicas para aumentar el bienestar y el rendimiento de sus trabajadores.

Bueno, te estarás preguntando, pero ¿en qué consiste esta práctica y cómo puedo beneficiarme de todas esas cosas tan buenas?

Mindfulness consiste en aprender a dirigir nuestra atención consciente y deliberadamente, a través de la observación sin juicio de nuestros pensamientos, sensaciones o emociones.

Es cierto que a veces al principio cuesta un poco coger la práctica, y la mente parece rebelarse ante cualquier intento de querer ser observada o domada.

Precisamente al empezar a darnos cuenta de ello, intuimos profundamente que hay algo ahí, en forma de pensamientos que me está llevando a vivir la vida de una manera muy concreta, y que la manera que yo tengo de vivirla e interpretarla, a través de esos pensamientos es sólo una posibilidad. De mi depende lo que quiero creerme o no.  Y de mí depende el estar abierto a que otras posibilidades se manifiesten.

Pero para ello necesito un espacio de observar qué pensamientos me debilitan, cuáles no me aportan, para que naturalmente se vayan transformando. Si no los veo, no me doy cuenta. Y te aseguro que cuando te sientas contigo mismo, y empiezas a mirarte, los ves, y te ves.

Y especialmente te das cuenta de que antes, cuando no te parabas, no veías nada en realidad. No veías que todo lo que se estaba representando ahí fuera en tu vida, en lo externo, tenía que ver todo contigo en realidad con todo lo que estaba en tu mente, con todo lo que pensabas tú, en tu interior, y nada con lo de o con los de fuera.

Lo cierto es que no somos lo que pensamos y eso es algo que empezamos a ver de manera muy clara cuando practicamos.

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Así que con un poco de paciencia y persistencia, la mente se va ablandando, y la resistencia va dejando paso a una sensación de conexión y bienestar, que va impregnando progresivamente todos los aspectos de la vida.

Me siguen sorprendiendo y maravillando algunas de las experiencias que me comparten  las personas que han realizado los cursos de mindfulness que imparto, y que creo que representan muy bien el poder que tiene nuestra mente cuando podemos utilizarla en todo su potencial, sin presiones ni expectativas.

Porque las experiencias de la gente que practica son la mejor carta de presentación para conocer realmente en qué consiste esto y cuáles son sus beneficios. Beneficios que, por cierto, todos podemos experimentar con una práctica regular.

-Vivo mucho más tranquila en todos los aspectos de mi vida. Antes me costaba conciliar el sueño, pero ahora ya no necesito darle tantas vueltas a las cosas para dormir bien.

-Me molestaba el estómago y de repente me dí cuenta de que esa molestia me la estaba generando un pensamiento que no me había dado cuenta de que estaba pensando, hasta que me paré a observar. Vi el pensamiento, lo cambié y el dolor despareció por completo.

-Noto que las relaciones con mi familia han mejorado desde que practico.

-Me siento conectada con la vida, con el Universo y con los demás, y siento una gran paz.

-Tenía un dolor de cabeza, me puse a practicar lo que habíamos aprendido y de repente, el dolor había desaparecido.

-Ya no tengo una relación perjudicial con la comida como tenía antes, ni tampoco siento la necesidad de comprar compulsivamente. He comenzado a amarme realmente a mí misma.

-He aprendido que aunque las personas llevemos vidas diferentes emocionalmente somos iguales, y eso me une a todos.

-Este es el camino de la felicidad.

El mindfulness, como vemos, nos va a ayudar en casos de estrés, ansiedad, dolor, de problemas con la alimentación, de relaciones difíciles…y más hermoso aún, nos va ayudar a querernos más a nosotros mismos y a estar en conexión con esa parte íntima de nuestro ser que, aunque tiene una paciencia infinita, siempre está ahí hablándonos bajito para que nos animemos a escucharla…

¿te atreves a ser feliz, incluso más feliz de lo que nunca imaginaste? ¿te atreves por fin a ser el dueño de tu mente y de tu propia vida?

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

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Cómo gestionar el estrés de manera eficaz

A menudo durante el día nos sucede que nos encontramos nerviosos, agitados o en tensión. A veces ni si quiera somos conscientes de ello, pues la molestia se presenta como algo muy ligero, casi imperceptible. Otras veces se juntan diferentes circunstancias en nuestra vida y, por momentos, el estrés se hace casi constante.

Cuando estamos conscientes de nuestro estrés, y experimentamos una necesidad profunda de liberación del mismo, en otras palabras, cuando estamos realmente hartos de la situación, hartos de sufrir, en ese momento, y no antes- tenemos la opción de empezar a elegir algo diferente.

Podemos empezar a alinearnos con nuestra verdadera voluntad, nuestra voluntad profunda, la que todos en realidad compartimos: quiero estar bien, quiero estar feliz. Elegimos conscientemente el querer empezar a experimentar otra cosa, y una vez hecho esto, nos comprometemos con nosotros mismos a encontrar el camino o la manera de ser felices, cueste lo que cueste. Ser feliz pasa a ser una verdadera prioridad en mi vida.

En última instancia, liberarse del estrés es una decisión: la decisión de ser feliz a toda costa, pase lo que pase, suceda lo que suceda en mi vida.

Una vez que esta decisión es firme, podemos estar seguros de que la vida la va a apoyar. Ahí entra en juego la confianza.

Una vez tomada la decisión, necesitamos comprometernos internamente y realmente trabajar en nosotros mismos para estar bien.

Aprender a gestionar el estrés requiere de entrenamiento interior, y como todo en la vida, requiere un poco de práctica.

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Una de las cosas más importantes que podemos aprender a hacer en una situación difícil que nos encontremos, es algo tan simple como parar y respirar.

El hecho de pararnos y respirar conscientemente va a hacer que algo en nuestro interior empiece a calmarse, y que podamos empezar a ver las cosas desde otra perspectiva.

El estrés está causado por patrones de pensamiento repetitivos en nuestra mente. Nuestra mente hace su función de supervivencia: intenta protegernos de algo malo que pueda suceder.

El problema es que normalmente, o no nos damos cuenta de los pensamientos que nos generan estrés, o bien si nos damos cuenta de ellos, no podemos dejar de pensarlos, y se repiten como un disco rallado en nuestra cabeza del que parece que no podemos librarnos.

Esos pensamientos, por más que lo intenten, sin embargo no tienen la capacidad de sacarnos de esa situación de estrés, pero empezar a comprender como funciona ese programa puede ayudarnos: esa mente miedosa sencillamente está haciendo su función, como si fuera un guardaespaldas: ten cuidado, no vayas por aquí , haz esto, no hagas lo otro, pon atención que te puede pasar algo…

Y si entendemos que la mente intenta protegernos, podremos entender por qué ese “programa” de nuestra mente funciona de esa manera. Pero si no lo entendemos, podemos pasar a creer que nosotros mismos somos ese guardaespaldas, todos esos pensamientos de miedo. Podemos identificarnos de tal manera con ese programa mental, que creamos que somo eso.

Y lo cierto es que no somos nuestros pensamientos ni nada de lo que ese programa dice, ni mucho menos. Esos pensamientos suceden en la mente, pero nosotros tenemos la capacidad de entrenar nuestra atención para poder empezar a observar todos esos pensamientos, sin necesidad de creérnoslos.

Y empezar a poner nuestra atención en aquello que observa, que es consciente de todo eso, sin necesidad de serlo. Es como tener un sueño: mientras sueñas el sueño te parece totalmente real, pero cuando despiertas, te das cuenta de que era mentira.

Lo mismo sucede con todos esos pensamientos: a medida que entrenas tu capacidad de atención y observación, empiezas a darte cuenta de la falsedad de todos esos pensamientos que generan miedo en tu experiencia.

Pero efectivamente es preciso estar atento, y entrenar la mente para poder empezar a conocerte como lo que realmente eres y dejar de identificarte con patrones que sólo generan miedo, y que además son falsos.

Por tanto, desde el ámbito de la observación vamos a empezar a ver cómo, al perder identificación con los pensamientos, el estrés empieza a desvanecerse.

Otro aspecto clave para gestionar el estrés es el entrenamiento en el Sentir. Esto también requiere práctica.

Nuestra mente como digo, intenta protegernos, pero una de las cosas que nos dice para ello es: no sientas, no prestes atención a tu miedo, ni a tu estrés, porque sufrirás: piensa en otra cosa, haz algo para entretenerte….de nuevo esto es lógico: es lo que hace la mente asustada en su programa de supervivencia, teme morir.

Sin embargo, cuando yo empiezo a permitirme -y tengo el coraje y la valentía para ello, que provienen de mi determinación anterior de la que hablábamos: la decisión de ser feliz a toda costa- sentirme miedoso, estresado, agobiado…y me abro a pararme y sentir físicamente en mi cuerpo toda esa energía, permitirla, sin hacer caso de todos esos pensamientos que me invitan a huir, sencillamente confiando en mi vida y confiando en que lo que siento en mi momento presente no es incorrecto…

En definitiva, si me quedo ahí sintiendo, sin hacer caso de todos los pensamientos que van a tratar de sacarme o de explicar mi sentir…ese sentir empieza a abrirse como una flor…y tarde o temprano empieza a disolverse, para pasar a convertirse en paz: ahí se hace evidente la falsedad de lo que estaba sintiendo, porque al prestarle toda mi atención, al permitirlo completamente, se disuelve y deja paso a mi estado natural: la paz, el amor, la alegría…

Cuando eso ocurre, todos los pensamientos que sostenían el sentir se vienen abajo por su propio peso, y simplemente queda una sensación de gran libertad, de amplitud, de presencia, de poder. Estoy volviendo a recuperar mi poder, estoy volviendo a entrar en conexión conmigo mismo. Todo estrés desaparece.

Otro punto importante que me puede ayudar a gestionar mi estrés, a parte del sentir, y de darme cuenta de ese programa de miedo en mi mente, es el empezar a ver como el sentimiento de culpa está también en la base de cualquier situación de estrés: en otras palabras, aunque al principio no lo parezca, toda situación que me lleva a sufrir en mi vida incluye una falta de perdón, sea hacia mi mismo, hacia otro, o hacia una determinada situación.

La culpa está en la base de cualquier sufrimiento, así que si estás estresado puedes empezar a preguntarte ¿de que me estoy culpando? ¿o a quién o a qué estoy culpando? Esto te permitirá también empezar a tomar conciencia de ese programa de conflicto y de miedo del que hablábamos anteriormente. Y toda toma de conciencia te permite empezar a liberarte.

Y eso es lo que practicamos con Mindfulness: la observación, el sentir, que te lleva a la toma de conciencia, al darme cuenta de…

Empiezo a experimentar que hay en mí algo mucho más amplio que los pensamientos que suceden en mi mente o que las circunstancias que suceden en mi vida…empiezo a darme cuenta de mi consciencia, de mi verdadero poder, de quién soy y para que estoy aquí: para vivir en plenitud, completamente presente, feliz y abierto a la vida, para compartirme desde lo que realmente soy y no desde mi miedo o mis limitaciones.

En definitiva, empiezo a hacerme uno con la sabiduría de la vida y del Universo y veo como todo el proceso que vivo finalmente es perfecto porque cada miedo y cada limitación me ha servido finalmente para ayudarme a dar ese paso clave: empezar a conocerme y saber realmente quién soy y para que estoy aquí…y disfrutar de toda la plenitud que conlleva dicho conocimiento.

Maricarmen  Pérez Díez

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Cómo superar el miedo a hablar en público

Esta mañana tenía que dar una pequeña charla online en directo y cada vez me doy más cuenta de que este tipo de cosas, a pesar de que no me generan una tensión demasiado grande, sí que es lo suficiente como para crearme una cierta agitación y molestia.

El caso es que “casualmente” había pasado por mis manos durante unos pocos días, un libro de Rafael Santandreu, un conocido psicólogo del cual ya había leído anteriormente un libro que me había gustado mucho.

Entre otras cosas, en su libro dedica un capítulo al tema de superar el miedo a hablar en público y lo estaba hojeando antes de la charla.

Me ha parecido muy acertado su abordaje, y me han entrado ganas de hacer mías y compartir algunas de las ideas que comparte, para personas que se encuentren en mi misma situación, que creo que serán bastantes pues al parecer, aproximadamente el 80% de las personas sufren de un pequeño o gran miedo a hablar en público.

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Y es que, bueno, claro que es normal tener ciertos miedos a hablar en público.

Queremos hacerlo todo muy bien, quedar bien, parecer guapos, inteligentes, tranquilos…¡como no!

En cierto modo, parece que dependemos para sentirnos bien de la imagen que los demás tienen de nosotros mismos. Y es ahí donde, perdonarme por la palabra, la cagamos hasta el final. Pues empezamos a actuar de una manera que agrade a los demás y perdemos autenticidad y naturalidad, que es lo que al final realmente llega a las personas, lo auténtico.

Así que me parece que para empezar a perder el miedo de hablar en público es fundamental aprendir a decirnos cosas así, aunque nos parezcan un poco cursis al principio, frases como “Aunque fracases, se rían de ti, o te critiquen delante o a tus espaldas, yo te amo”

Y ¿por qué amarse en estas situaciones? Porque amarse es un reconocimiento de que la única cosa de valor realmente importante que tenemos es nuestra capacidad de amar.

Si basamos nuestra autoestima en nuestra capacidad de amar, ya podemos hacerlo todo lo mal que queramos, porque sabemos que lo que realmente tiene valor en ese acto es el amor con el que lo estamos haciendo.

Y eso es un gran descanso para nuestro “personaje” que quiere quedar bien por encima de todo y que pretende ser el mejor del mundo, ser realmente especial y diferente a los demás.

Y ese deseo de ser especial a toda costa, sin duda proviene de nuestra falta de conciencia acerca del amor que somos, pues ese amor que somos no tiene ninguna necesidad de ser especial.

Como dice Rafael “Te aseguro que para ser feliz es mucho mejor no querer ser especial […]Yo deseo ser una persona normal, uno más entre el grupo”.

Además ese deseo de ser especial nos aparta de los otros, nos coloca en una especie de pedestal que nos aleja de los aparentes defectos que vemos en los demás y que nosotros por supuesto defendemos no tener (jajaja, perdonarme que me ría).

Y ese sentimiento de ser especial frente al otro, al final es triste pues nos deja en una posición en la que además nos sentimos solos y diferentes, cuando en esencia, somos todos iguales.

Puro amor, ¡nada especial!

Así que la próxima vez que me vea nerviosa ante este sitio de situaciones intentaré recordarme todas estas cosas que hoy vi y reconocí en mí, y que me hacen seguir siendo una vez más, una aprendiz de mi propia vida.

De nuevo, la humildad radical es la respuesta a casi todos los problemas.

Como dice Rafael “No hay nada más elevado que desear ser sólo uno más”

Gracias a todos por estar ahí, y por acompañarme. Sin duda, vamos juntos.

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

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Dar y recibir es lo mismo

A veces tememos ayudar a alguien, dar dinero, dar tiempo a otra persona que aparentemente lo necesita. Tememos perder algo y no poder recuperarlo, y nos entra un cierto miedo. Quizás esa persona no lo necesite tanto como lo creemos, o quizás sí.

Y nos entra una cierta culpa si no actuamos.

Creo que no se trata de hacer algo bueno por el simple hecho de tratar de ser buenas personas o por querer aferrarnos a una imagen de nosotros mismos que nos parezca más correcta, y que al final nos lleva a ver buenos y malos continuamente, así como víctimas y verdugos.

La vida es sabia, la vida acompaña en cada momento a quien necesita ser acompañado, de una manera o de otra. No estamos aquí para salvar el mundo ni para salvar a nadie. El mundo ya se salvó hace mucho tiempo.

Estamos aquí para ser felices.

Y desde ese punto de partida, si soy profundamente honesto conmigo mismo, empezaré a entrever (entre-ver) que si estoy haciendo algo por ti es porque en realidad quiero hacerlo así.

Cuantas veces oímos o nos decimos aquello de “ bueno, es un sacrificio para mí, pero lo hago por ti”. Dejemos de hacer sacrificios y empecemos a ser más honestos con nosotros mismos.

Y si nos parece que hacemos sacrificios por los demás y no podemos remediarlo, adelante, hagámoslos en conciencia, viendo como nos sentimos al hacerlo.

¿Sabiais que existe un estudio que dice que cuando una persona le da algo a otra, ya sea una moneda, unas palabras bonitas, un regalo etc. ambas sienten el mismo bienestar?

Que hermoso, ¿verdad?

Este es el punto donde dar y recibir se encuentran. Y justo en ese gesto, los cuerpos desaparecen. Sólo queda, si me permito sentirlo, ese gesto interno de pura conexión con el otro y de pura alegría por haber dado o por haber recibido.

Y ahí ves con absoluta claridad que no puedes perder dando, porque todo lo que das, te lo estás dando a ti mismo.

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Por eso dice Jesús en la Biblia “déjalo todo y sígueme”. Según lo veo yo, no se trata ni si quiera de dejar nuestras pertenencias, nuestra familia etc.

Pudiera interpretarse como un gesto sencillamente de dejar lo superfluo a un lado, de centrarme en lo esencial. Ni siquiera se trata de deshacernos físicamente de todas nuestras pertenencias, ni de nuestras relaciones, pero sí de dejarlas a un lado por unos momentos, aunque sea mentalmente.

Dejar mi historia, lo que quiero conseguir, lo que quiero alcanzar, lo que quiero que el otro me de…a un lado. Pararme un momento y mirarme en profundidad, más allá de quien creo ser.

Pararme por unos instantes e ir a lo esencial. ¿Qué me lleva a lo esencial?

En realidad es simple. Me lleva ahí mi voluntad profunda de ir. No conozco otra forma de llegar.

Y en ese encuentro con lo esencial me conozco como Uno con todo. Reconozco la alegría de mi dar en la alegría del que recibe, y reconozco mi alegría al recibir en la alegría del que está dando.

Así, dar y recibir se vuelven exactamente la misma cosa.

Y desde ese estado de unidad, yendo solamente a lo esencial, encontraré esa alegría profunda que hay en el compartir. Y en esa alegría me reconoceré pleno. Reconoceré que en realidad no puedo experimentar carencia alguna. Que la única carencia que puedo experimentar me la inventé yo con mis miedos.

Y desde esa “esencialidad”, me veré compartiendo mi plenitud con todo el que se acerque, porque la plenitud se da, se expresa, surge sola de ese estado interno de entrega total y sin condiciones a la vida.

Y si afinas aún más la introspección, te reconoces en ese movimiento de darte y recibirte a ti mismo en cada instante.

Ya no importa el dador ni el recibidor, todo eso pasa a ser una anécdota gracias a la cual te puedes descubrir a ti mismo en este instante en toda tu plenitud.

Se terminan los límites a la vida. Te sabes Uno con ella, Uno con Todo.

Y en ese encuentro se acaban las palabras.

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

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