Cómo superar el miedo a hablar en público

Esta mañana tenía que dar una pequeña charla online en directo y cada vez me doy más cuenta de que este tipo de cosas, a pesar de que no me generan una tensión demasiado grande, sí que es lo suficiente como para crearme una cierta agitación y molestia.

El caso es que “casualmente” había pasado por mis manos durante unos pocos días, un libro de Rafael Santandreu, un conocido psicólogo del cual ya había leído anteriormente un libro que me había gustado mucho.

Entre otras cosas, en su libro dedica un capítulo al tema de superar el miedo a hablar en público y lo estaba hojeando antes de la charla.

Me ha parecido muy acertado su abordaje, y me han entrado ganas de hacer mías y compartir algunas de las ideas que comparte, para personas que se encuentren en mi misma situación, que creo que serán bastantes pues al parecer, aproximadamente el 80% de las personas sufren de un pequeño o gran miedo a hablar en público.

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Y es que, bueno, claro que es normal tener ciertos miedos a hablar en público.

Queremos hacerlo todo muy bien, quedar bien, parecer guapos, inteligentes, tranquilos…¡como no!

En cierto modo, parece que dependemos para sentirnos bien de la imagen que los demás tienen de nosotros mismos. Y es ahí donde, perdonarme por la palabra, la cagamos hasta el final. Pues empezamos a actuar de una manera que agrade a los demás y perdemos autenticidad y naturalidad, que es lo que al final realmente llega a las personas, lo auténtico.

Así que me parece que para empezar a perder el miedo de hablar en público es fundamental aprendir a decirnos cosas así, aunque nos parezcan un poco cursis al principio, frases como “Aunque fracases, se rían de ti, o te critiquen delante o a tus espaldas, yo te amo”

Y ¿por qué amarse en estas situaciones? Porque amarse es un reconocimiento de que la única cosa de valor realmente importante que tenemos es nuestra capacidad de amar.

Si basamos nuestra autoestima en nuestra capacidad de amar, ya podemos hacerlo todo lo mal que queramos, porque sabemos que lo que realmente tiene valor en ese acto es el amor con el que lo estamos haciendo.

Y eso es un gran descanso para nuestro “personaje” que quiere quedar bien por encima de todo y que pretende ser el mejor del mundo, ser realmente especial y diferente a los demás.

Y ese deseo de ser especial a toda costa, sin duda proviene de nuestra falta de conciencia acerca del amor que somos, pues ese amor que somos no tiene ninguna necesidad de ser especial.

Como dice Rafael “Te aseguro que para ser feliz es mucho mejor no querer ser especial […]Yo deseo ser una persona normal, uno más entre el grupo”.

Además ese deseo de ser especial nos aparta de los otros, nos coloca en una especie de pedestal que nos aleja de los aparentes defectos que vemos en los demás y que nosotros por supuesto defendemos no tener (jajaja, perdonarme que me ría).

Y ese sentimiento de ser especial frente al otro, al final es triste pues nos deja en una posición en la que además nos sentimos solos y diferentes, cuando en esencia, somos todos iguales.

Puro amor, ¡nada especial!

Así que la próxima vez que me vea nerviosa ante este sitio de situaciones intentaré recordarme todas estas cosas que hoy vi y reconocí en mí, y que me hacen seguir siendo una vez más, una aprendiz de mi propia vida.

De nuevo, la humildad radical es la respuesta a casi todos los problemas.

Como dice Rafael “No hay nada más elevado que desear ser sólo uno más”

Gracias a todos por estar ahí, y por acompañarme. Sin duda, vamos juntos.

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

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Dar y recibir es lo mismo

A veces tememos ayudar a alguien, dar dinero, dar tiempo a otra persona que aparentemente lo necesita. Tememos perder algo y no poder recuperarlo, y nos entra un cierto miedo. Quizás esa persona no lo necesite tanto como lo creemos, o quizás sí.

Y nos entra una cierta culpa si no actuamos.

Creo que no se trata de hacer algo bueno por el simple hecho de tratar de ser buenas personas o por querer aferrarnos a una imagen de nosotros mismos que nos parezca más correcta, y que al final nos lleva a ver buenos y malos continuamente, así como víctimas y verdugos.

La vida es sabia, la vida acompaña en cada momento a quien necesita ser acompañado, de una manera o de otra. No estamos aquí para salvar el mundo ni para salvar a nadie. El mundo ya se salvó hace mucho tiempo.

Estamos aquí para ser felices.

Y desde ese punto de partida, si soy profundamente honesto conmigo mismo, empezaré a entrever (entre-ver) que si estoy haciendo algo por ti es porque en realidad quiero hacerlo así.

Cuantas veces oímos o nos decimos aquello de “ bueno, es un sacrificio para mí, pero lo hago por ti”. Dejemos de hacer sacrificios y empecemos a ser más honestos con nosotros mismos.

Y si nos parece que hacemos sacrificios por los demás y no podemos remediarlo, adelante, hagámoslos en conciencia, viendo como nos sentimos al hacerlo.

¿Sabiais que existe un estudio que dice que cuando una persona le da algo a otra, ya sea una moneda, unas palabras bonitas, un regalo etc. ambas sienten el mismo bienestar?

Que hermoso, ¿verdad?

Este es el punto donde dar y recibir se encuentran. Y justo en ese gesto, los cuerpos desaparecen. Sólo queda, si me permito sentirlo, ese gesto interno de pura conexión con el otro y de pura alegría por haber dado o por haber recibido.

Y ahí ves con absoluta claridad que no puedes perder dando, porque todo lo que das, te lo estás dando a ti mismo.

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Por eso dice Jesús en la Biblia “déjalo todo y sígueme”. Según lo veo yo, no se trata ni si quiera de dejar nuestras pertenencias, nuestra familia etc.

Pudiera interpretarse como un gesto sencillamente de dejar lo superfluo a un lado, de centrarme en lo esencial. Ni siquiera se trata de deshacernos físicamente de todas nuestras pertenencias, ni de nuestras relaciones, pero sí de dejarlas a un lado por unos momentos, aunque sea mentalmente.

Dejar mi historia, lo que quiero conseguir, lo que quiero alcanzar, lo que quiero que el otro me de…a un lado. Pararme un momento y mirarme en profundidad, más allá de quien creo ser.

Pararme por unos instantes e ir a lo esencial. ¿Qué me lleva a lo esencial?

En realidad es simple. Me lleva ahí mi voluntad profunda de ir. No conozco otra forma de llegar.

Y en ese encuentro con lo esencial me conozco como Uno con todo. Reconozco la alegría de mi dar en la alegría del que recibe, y reconozco mi alegría al recibir en la alegría del que está dando.

Así, dar y recibir se vuelven exactamente la misma cosa.

Y desde ese estado de unidad, yendo solamente a lo esencial, encontraré esa alegría profunda que hay en el compartir. Y en esa alegría me reconoceré pleno. Reconoceré que en realidad no puedo experimentar carencia alguna. Que la única carencia que puedo experimentar me la inventé yo con mis miedos.

Y desde esa “esencialidad”, me veré compartiendo mi plenitud con todo el que se acerque, porque la plenitud se da, se expresa, surge sola de ese estado interno de entrega total y sin condiciones a la vida.

Y si afinas aún más la introspección, te reconoces en ese movimiento de darte y recibirte a ti mismo en cada instante.

Ya no importa el dador ni el recibidor, todo eso pasa a ser una anécdota gracias a la cual te puedes descubrir a ti mismo en este instante en toda tu plenitud.

Se terminan los límites a la vida. Te sabes Uno con ella, Uno con Todo.

Y en ese encuentro se acaban las palabras.

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

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Superar el miedo a volar con mindfulness

¿Miedo a volar?

¿Os ha pasado alguna vez, subiros en un avión y al entrar, o antes, o cuando se dirige a la pista, empezar a sentir un sudorcillo frío en las manos, o una cierta tensión en el cuerpo, típica de la mayor o menor ansiedad que puede producir viajar en un avión?

Bien, pues a mí sí, me pasa esto, y quería compartiros un descubrimiento más que realicé hoy desde la plena presencia. Pues resulta que hoy voy de viaje a Francia, concretamente a Lyon. Mi trayecto desde Madrid hace una escala en Lisboa.

Y cuando llegué de Dakar hace dos semanas, tras haber cogido 4 vuelos en pocos días, (habiendo viajado con mi hija voy menos atenta a mí) no puedo sino evitar percibir de nuevo una cierta tensión y ansiedad ante el inminente despegue del avión. Pero esta vez viajo sola, no hay excusas. Así que me miro. Cierro los ojos y vuelvo mi mirada hacia dentro de mi cuerpo. Siento mis músculos tensarse y mi corazón acelerarse. No es que esté muy nerviosa, pero si soy consciente del dolor que produce en mi cuerpo esta sútil tensión del miedo.

Sabiendo que la única salida duradera y honesta a este miedo es sentir, me abro a la sensación de tensión en mi cuerpo.

Escucho la inconfundible voz de mi crítico interno: “¡Vamos! Pero ya estás otra vez? Pero si el avión es el medio de transporte más seguro que existe, y lo sabes . Si el sufrimiento no tiene sentido ¿para que sufres? Es más ¿a estas alturas aún sufres por esta tontería?”-

Pero una vez más constato que ese pensamiento ya llega tarde a este instante, porque el sufrimiento ya está ahí. Así que lo abrazo, grande o pequeño, pido el abrazo de la paz y la llevo a esa tensión, con una total presencia en las sensaciones en mi cuerpo. Y se van calmando mis sensaciones de tensión, el avión ya está en el aire desde hace unos minutos, y mi atención se diluye, lo olvido y paso a otra cosa.

Y llega el aterrizaje. De nuevo la sensación de tensión, contracción y peligro aparecen, así que vuelvo alegre a la presencia.

avion

Me sorprende, al cerrar los ojos para sentirme mejor, percibir esta vez una luz sobre mi cabeza y sobre todos las de la avión. Es la misma, así que me centro en la luz que percibo mía, que yo llamaría la luz de la conciencia.

Empiezo a percibir esa alegría característica que empiezo a sentir a menudo al llevar mi atención al dolor o a la tensión. Una sensación de alegría en este caso, de pura pasión por estar viviendo esta aventura que es viajar en un avión.

La tensión se deshace de nuevo con la presencia, reconozco mi alegría, reconozco mi Ser.

Y ahí voy de nuevo, a coger el segundo avión: nos dirigimos de nuevo a despegar. Espero esa sensación de tensión, sin embargo se manifiesta más bien en alegría. Cuando el avión se empieza a levantar del suelo percibo un grito de alegría inesperado en mi interior “¡Yuju!”- grita algo dentro de mí- “¡Allá vamos!” Siento la intensidad de la alegría de estar viva en esta situación, y la ilusión del viaje.

Agradezco de nuevo el reconocimiento interno del poder de la presencia.

No se trata de no tener miedo, sino de dejar a un lado el temor de sentir miedo y atravesarlo hasta que caiga por su propio peso y se disuelva en la paz desde la que surgió.

¿Miedo a volar? No, ya no. No, ahora no. ¿Mañana sí? No lo sé, no tengo ni idea.

Pero sé que estoy abierta a sentir lo que venga y que todo será bienvenido en este espacio de mi presencia, espacio que comparto con todos los seres humanos.

Gracias, gracias, gracias.

Ser una buena madre, ser un buen padre

Para Kabir, para Cathy…para todos los Kabirs y Cathys del mundo

Normalmente intentamos ser buenas madres o buenos padres, y esperamos que nuestros padres o madres sean también buenos. Deseamos especialmente que nuestros padres se adapten a una idea determinada que tenemos en la cabeza de lo que debe ser un buen padre o una buena madre y por supuesto que nos hagan sentir amados, respetados y especiales.

Y así, desde nuestras ideas preconcebidas, con la mejor nuestra mejor intención, tratamos de adaptarnos a ese ideal que tenemos y de ser buenos padres para nuestros hijos, darles aquello que sentimos que quizás nos faltó a nosotros y nos esforzamos para que no sufran. Queremos que sean felices, que tengan todo lo que necesitan en cada momento.

Sin embargo, creo que el reto real hacia nuestros padres y hacia nuestros hijos va más allá de todo esto, de todas esas ideas preconcebidas que tenemos acerca de lo que debe ser un buen padre o una buena madre.

 

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Quizás el reto real de la maternidad o la paternidad sea simplemente estar, estar presentes para nuestros hijos, desde la completa honestidad hacia nosotros mismos y hacia ellos. Estar en lo bueno y en lo malo…acompañar desde la presencia y desde una profunda escucha, que va incluso más allá de las palabras…

Y si, nuestra presencia ahí con ellos se manifestará a menudo puro amor, puro regocijo por el encuentro, por el milagro de la vida, por el milagro de compartir…y otras será puro temor de que algo malo les pase, o de que sufran…otras será de rabia y enfado al no entender por qué él se está portando así o por qué las cosas deben ocurrir de esa manera que yo no entiendo…y otras será de tristeza y cansancio…y claro, otras muchas de culpa al ver que no alcanzamos esa imagen ideal que tenemos en nuestra cabeza…pero si estoy presente y atento en todas ellas…lo suficientemente atento para permitir lo que sucede dentro de mí, sin juzgarme por ello (e incluso atreverme a soltarlo, si es que me hace daño)…podré descubrirme completamente íntegro, completamente perfecto e inocente en cada uno de mis acciones, mis comportamientos y mis pensamientos.

Y exactamente de la misma manera, podré descubrirle a él: madre, padre o hijo: completamente inocente, completamente perfecto, tal y como necesito que sea, en cada momento, más allá de mi entendimiento.

Y en ese punto, y solo en ese punto, madre e hijo, padre e hija, desparecen. Desaparecen los cuerpos, desaparecen las formas…porque me estoy uniendo a lo único verdaderamente esencial que ambos compartimos, la esencia de la que venimos, la esencia que nos unifica…

Quizás no encuentre en este mundo a veces otras similitudes entre el otro y yo, en cuanto a comportamientos o pensamientos…pero si soy capaz de mirarme y mirar al otro desde ese espacio, sin duda me Veré y sin duda le Veré…veré eso que no puede nombrarse, que no puede definirse, que va más allá de todo pensamiento…

Y así, dejarán de importarme las formas, las opiniones, los pensamientos, los comportamientos…y veré que lo único realmente importante es el Amor que está sucediendo ahí, en mí, en él, en nuestra relación…tome la forma que eso tome en cada momento, ya sea de alegría, ya sea de enfado…

Mi decisión de ver sólo Amor ahí, en cada comportamiento, en cada situación…me llevará inevitablemente a unirme a mi hijo, a mi padre, de una manera tan profunda…que ambos despareceremos para Ser lo que siempre fuimos…Uno sólo…Uno nada más.

¿Para qué sirve meditar?

La meditación es una herramienta que sirve para:

-Observar mis pensamientos, en lugar de identificarme con ellos.

-Darle un espacio de silencio a mi mente.

-Conectarme con el aquí y ahora, dejando a un lado mis expectativas acerca de cómo debería estar siendo este momento.

-Y especialmente me permite descansar, me permite un descanso profundo de mis luchas cotidianas, un espacio de profunda comunicación conmigo mismo, de dejar a un lado el hacer, el conseguir algo del mundo, aunque solo sea por un ratito.

Esto es la meditación. Descanso, silencio, unificación.

Un espacio profundamente simple.

Podemos quedarnos en esta experiencia, y ya es plena en sí misma.

Pero además este espacio, cuando me lo regalo, también me va a permitir si yo quiero abrir un espacio interno de profunda investigación: ¿qué hay más allá de lo que pienso?, ¿qué hay más allá de lo que creo del mundo, del otro y de mí mismo?

Me permite crear un espacio en mi mente para responder a esas preguntas profundas que tarde o temprano todos nos hacemos: ¿quién soy? ¿para qué estoy aquí? ¿por qué estoy vivo? ¿qué he venido a hacer al mundo?.

En meditación no respondemos directamente a estas preguntas. Sencillamente nos abrimos a que sean respondidas, hacemos espacio en nuestra mente para que una sabiduría superior a la del pensamiento compulsivo (que siempre está tratando de resolver o de mejorar algo) pueda aparecer, pueda suceder.

Yo medito por esto cada día. Medito para recordarme a mí misma que no soy este cuerpo, que no soy estos pensamientos, que soy algo mucho más profundo que todo eso. Y el conocimiento de lo que Soy, está a mi disposición en cada instante si yo me abro a hacerle un hueco más allá de mis interpretaciones sobre cómo debería ser este instante.

Lo que tú estás sintiendo aquí y ahora no es rectificable ni modificable. Sencillamente Es. Se está dando en este instante de esta manera concreta. Date cuenta de que ya llegas tarde a este momento, no puede ser diferente en absoluto de cómo está siendo. Párate un momento ahora, y siéntelo.

Entonces ya que está siendo así, ¿por qué no unirme a este instante, que es mi vida aquí y ahora? ¿Por qué ir separado de la vida?

Incluso aunque sea doloroso, puedo abrirme a respirarlo, puedo abrirme a sentir mi dolor para poder conocer qué hay más allá de él. Porque en el momento que me entrego completamente a este momento sin expectativas, sin pensamientos, todo dolor acaba desapareciendo.

Y ahí empiezo a comprender quién soy, sin palabras, desde el silencio. Y ahí empiezo a darme cuenta de que ese conocimiento eso es lo único que puede darme una felicidad duradera.

Para esto sirve la meditación. Para poder ver que lo que soy no necesita palabras, defensas, justificaciones ni puede ser amenazado o destruido en ningún momento. Es completo en sí mismo. Lo que soy profundamente, no necesita que yo sea de una manera especial o que el otro sea de una manera concreta. Y entonces dejo de pedirle al mundo, dejo de pedirle al otro. O quizás siga haciéndolo por algún tiempo, pero ya no me culpo por ello, ni culpo al otro.

Porque me reconozco profundamente completo, y profundamente pleno.

Y me doy cuenta de que no necesito nada.

Porque en este mismo instante la vida me lo está dando todo.

Gracias.

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

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Tu creas tu propia realidad

La mente es la creadora de todo lo que siento y de todo lo que percibo.

Es decir, de todo lo que ocurre en mi mundo, ahí fuera, yo tengo el poder de decidir lo que quiero interpretar.

A veces olvidamos que tenemos este poder. Ocurre algo en mi mundo y parece que no tengo más remedio que pensar de una determinada manera. Por ejemplo, me despiden de repente y parece que el mundo se me acaba, que tardaré mucho en encontrar un nuevo trabajo o que nunca lo encontraré, que quizás no pueda pagar la hipoteca, que quizás…y entonces nos inunda el miedo.

Yo estoy convencida de que nuestros pensamientos crean nuestra realidad. El problema que tenemos la mayor parte de los seres humanos es que no nos damos cuenta de lo que pensamos, porque no nos paramos a observarlo.

Pareciera a veces que sí, que sí nos damos cuenta, pero lo cierto es que la mayor parte del tiempo se nos pasa de largo, y pensamos que elegimos lo que pensamos, pero en realidad no nos lo cuestionamos: pasa un pensamiento por nuestra mente, y a continuación, nos lo creemos, o lo ejecutamos, porque en algún nivel inconsciente ya le hemos dado la etiqueta de “realidad”, simplemente por el hecho de que se nos ha pasado por la mente.

Es decir de un hecho neutro, hago una interpretación y esa interpretación pasa a ser en realidad, mi hecho “neutro”, y a partir de ahí genero una reacción que me parece completamente lógica y consecuente con la realidad y por lo tanto también neutra (“claro, cualquiera haría lo mismo que yo en esta situación, es lógico”- nos decimos)

Por ejemplo, si yo quedo contigo y llegas una hora tarde, puede parecer lógico que yo me enfade, por lo que tu me “has hecho”. En realidad, puedo abrirme a ver los pensamientos que aparecen en esa situación y luego decidir lo que quiero creer, es decir, lo que quiero CREAR.

No hablo aquí de pensamientos correctos o incorrectos. Hablo de cuestionarme lo que pienso, porque normalmente hay un montón de posibilidades a mi disposición para ser o no creídas, pero no las veo porque estoy demasiado ocupado ejecutando lo que pienso, o bien perdido en una maraña de pensamientos que no me llevan en realidad a ningún sitio.

Si quieres probar esto, te propongo un pequeño ejercicio: piensa en una persona cercana con la que hayas tenido alguna vez un problema ¿Ya la tienes? Una vez que la tengas, pregúntate: ¿Qué piensas de ella ahora? Párate a mirar los pensamientos que surgen por unos instantes. Y después, hazte la siguiente pregunta: ¿cuanto tiempo crees que llevas pensando lo mismo de esa persona?

Sin duda lo que pensamos de alguien nos lleva a relacionarnos con esa persona de una determinada manera, el problema es que a menudo ni si quiera nos damos cuenta realmente de lo que pensamos sobre los demás y por lo tanto no nos lo cuestionamos.

Si no nos generamos el hábito de observar lo que pensamos, tampoco nos lo cuestionamos, con lo cual al final realmente no vemos lo que pensamos.

Muy bien, ¿y por qué es tan importante darme cuenta de los pensamientos que yo estoy eligiendo pensar?

Pues porque esas creencias están CREANDO mi realidad. Es mi mente la que crea todas mis circunstancias, mi trabajo, mis relaciones, mis tiempos de ocio etc.

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Y normalmente pasamos mucho más tiempo viendo la tele, cuidándonos el pelo, limpiando la casa…y oye está genial, pero si dedicáramos 10 minutos al día a observar lo que pasa por nuestra mente…creo que poco a poco podríamos recuperar nuestro verdadero poder y podríamos crear una vida más significativa y valiosa en todos los niveles.

Parece una tontería, sentarme a observar lo que pienso, y  la mente, te lo aseguro, se resistirá y te pondrá mil excusas para que no te sientes a observarla, te dirá una y otra vez “ no, no ponte a hacer otra cosa, que hay miles de cosas más importantes e urgentes por hacer que esto, esto es una tontería…”

Pero poco a poco si estás decidido a ello, te irás creando un hábito. Iras creando el hábito de amaestrar tu mente y no de que tu mente te amaestre a ti, que es lo que suele ocurrir. Con ella como aliada, podrás ir de verdad creando tu vida, una vida con verdadero significado y sentido.

El mindfulness o la atención plena me ha enseñado que quizás todo lo que pienso no es cierto, que lo que pienso es una creación mía y por tanto, es cuestionable. A fuerza de observar mi mente una y otra vez, si que puedo ver los pensamientos tipo “disco rallado”, que no me llevan a ningún sitio a donde realmente me interese ir. Entonces una vez vistos, puedo decidir que ya no quiero seguir centrándome en ellos y llevar mi atención a otro lugar distinto, a un lugar más hermoso, con pensamientos que están acorde con mi fuente, con el poder creativo y amoroso del Universo. No sé si serán ciertos, pero esos pensamientos generan paz y armonía en mi vida, lo tengo comprobado. Y por lo tanto, si quiero invertir en algo en mi vida es en ese tipo de pensamientos.

Es una inversión importante, y una decisión IMPORTANTE. Ya que mi mente es la creadora de todo mi mundo y de toda mi vida.

Y como digo es una decisión, nadie te puede obligar a tomar una decisión que no quieras y que no hayas elegido.

Así que, ya que en realidad estamos eligiendo todo el rato (consciente o inconscientemente), elijamos por favor de forma inteligente, elijamos lo que nos aporte crecimiento, desarrollo y sobre todo plenitud y amor, para que podamos llenarnos de ello y luego expandirlo a nuestro alrededor.

Conocerte mejor, investigar tu mente, saber quién eres…te llevará mucho más lejos de lo que piensas ahora que lees estas líneas…tu viaje es tuyo, tus decisiones están en tus manos…usa tu capacidad de elegir para elegir una vida plena, en la que cada instante esté lleno de significado.

Feliz momento. Aquí y ahora.

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

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¿Amar demasiado?

A veces, nos sucede que nos sentimos un poco tontos porque nos parece que damos demasiado, pero que el otro o los otros no nos responden a nuestro cariño como creemos que deberían hacer. ¿Os ha pasado alguna vez, sentiros tontos por amor o por cariño? Y no solo hablamos de la pareja o de la familia, también del trabajo, de un encuentro fortuito con un desconocido…nos parece que damos mucho, pero que no recibimos lo suficiente a cambio.

Y entonces decimos, ah! He de crear un escudo protector y dejar de dar tanto para así no sufrir. Y entonces nos vamos encerrando, para protegernos porque parece que así vamos a sufrir menos. Pero si miramos bien, en realidad es mentira, seguimos sufriendo,  igual, o más. Nos ponemos una máscara y disfrazamos así nuestra verdadera esencia.

También pudiera ocurrir que de repente nos demos cuenta de que eso que estamos haciendo en apariencia desinteresadamente por hacerle un favor al otro, en realidad lo estamos haciendo para que nos reconozcan o nos quieran. Y entonces podemos sentir que el otro no nos está devolviendo el favor como nos gustaría, o bien podemos sentir enfado hacia nosotros mismos por no amarnos lo suficiente e ir a buscar el amor fuera de nosotros mismos.

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Y efectivamente así es, no podemos obtener el amor fuera de nosotros. La razón para esto es muy sencilla. No lo podemos obtener afuera, porque nosotros ya somos amor.

Cuando nos atrevemos a profundizar en la conciencia de lo que somos, los espacios entre el que está afuera y nosotros mismos comienzan a difuminarse. Comenzamos a darnos cuenta de quiénes somos realmente y de qué poco necesitamos en realidad ese reconocimiento externo del que tanto parecemos depender. Se abre un espacio en el que a cada cosa, a cada persona, a cada situación, se le permite sencillamente ser. Y desde ahí se crea un espacio en el que te ves dando al otro, sin condiciones y sin miedo a mostrarte vulnerable ante el otro y sin miedo a que (en apariencia) no te quiera.

Así que, aquí y ahora, me desnudo y me reconozco como lo que soy. Soy amor. No tengo nada que esconder. Te amo y te demuestro que te amo por lo que soy, no porque esté intentando ser buena y quererte o perdonarte por algo que me hayas hecho. Me reconozco como lo que soy, que es puro Amor, en toda circunstancia y en todo momento, porque es lo que siempre he sido.

Por eso no puedo dejar de amar al otro, incluso aunque ese otro se crea que no me ama (mentira también, claro, jajaja- cuando tu te reconoces como amor, el reconocimiento de lo que el otro es –más allá de sus máscaras- es automático).

El amor del que aquí hablo no es algo que yo “haga”, es algo que soy, y como soy eso, no hay nada que yo pueda hacer en realidad para dejar de serlo.

Entonces puedo dar y dar y dar y no cansarme de dar, aunque parezca que no recibo nada a cambio en este mundo externo porque sencillamente, me hago consciente de todas las flores que crecen en mi lo profundo de mi Ser cada vez que me abro y me permito amarte, pese a lo que en apariencia me hayas hecho. Cada vez que me doy el lujo y el permiso de Ser quien Soy. No hay mayor regalo que pueda hacerme a mí misma que ese reconocimiento. Soy Amor. Puro amor.

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

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