Algo que me enseñan mis relaciones una y otra vez es lo poco que sé acerca de nada.

Mis relaciones me devuelven una y otra vez mis propios significados proyectados ahí fuera.

Una y otra vez me invitan a responsabilizarme de mis creencias y suposiciones acerca de lo que sucede.

Todo el tiempo la vida me muestra lo poco que saben mis pensamientos e interpretaciones acerca del comportamiento del otro.

Cuantas, cuantísimas veces creo saber lo que piensa o cree el otro (por no decir siempre) y cuantas, cuantísimas veces la vida me muestra un tiempo después que no es así, que no es verdad lo que yo pienso, que solo yo lo pensaba (otras acierto, también es verdad).

Pero la inmensa mayoría de las veces la vida me está invitando a través de mis relaciones, a darme cuenta de mi propia ignorancia.

Muy conectado con esa ignorancia, observo que lo primero que surge en mi cada vez que experimento un conflicto es la necesidad de culpar, a veces al otro, y otras muchas a mí misma.

Esto es algo que siento que todos (la mente colectiva) hacemos de manera continua y a veces muy sutil y con frecuencia, inconsciente.

La mente busca defenderse, protegerse, contenerse, ser mejor que el otro. O al contrario, echarse la culpa por todo y elegir ser el peor, ser el malo.

Y desde ese nivel de mi mente es inevitable que surja el conflicto, el miedo, la defensa, el dolor y el sufrimiento.

Imagino que esa necesidad de culpar a los demás es un intento de la mente de sobrevivir y defenderse. Como si fuera algo que proviene de la pura supervivencia del cuerpo y/ o de nuestra propia auto-imagen.

Sin embargo, llega un momento que de tanto poner atención a este mecanismo, me doy cuenta de que en realidad es un automatismo de la mente, que se dispara una y otra vez, aparentemente sin mi consentimiento. Un programa que se activa cuando lo de fuera aparentemente hace saltar ciertos botones de alarma en mi interior.

Y cuando me doy cuenta de lo profundamente repetitivo y doloroso que es ese programa, hay algo en mi empieza a decir de manera cada vez más insistente “Tiene que haber otra manera”.

Tiene que haber otra manera de vivir los conflictos, los desacuerdos en las relaciones que no pasen por atacarme a mí mismo ni atacar al otro. Y no me refiero a atacar física o verbalmente al otro, sino de que atacamos a través de nuestros pensamientos.

Recuerdo que, en este proceso, naturalmente cuando empecé a darme cuenta de esos pensamientos y mecanismos (e incluso ahora también), lo primero que surge es la culpa interna. Uno se dice: “no, no puedo pensar (o hacer) esto, tengo que pensar esto otro, tengo que ser bueno. Tengo que ser más bueno, ser más amable y no tengo que decir o pensar estas cosas de los demás”.

Y yo personalmente soy consciente de que he intentado fabricar un personaje espiritual o elevado que fuera bueno, que nunca dijera nada incorrecto o fuera de lugar, en el intento de evitar el dolor de ser rechazada.

Sin embargo, esto tampoco sirve, pues ese comportamiento sigue surgiendo de un intento de tapar la culpa que siento y que me lleva a fabricar esa imagen, para no sentir la culpa.

Y a pesar de todo, tampoco pasa nada por querer construir un personaje espiritual o bueno, esa expresión no es incorrecta tampoco, lo sé. Sé que contiene también luz y que es digna de amor (como todos los demás personajes).

Lo que quiero decir es que el problema no está en realidad en lo que yo diga o haga. Porque yo puedo para tapar esa culpa elegir comportarme como alguien muy bueno o muy malo de cara a la galería, pero el conflicto (y por tanto el sufrimiento) seguir intacto en mi mente.

Y lo que me duele al final no es mi personaje, mi comportamiento en un momento determinado, lo que de verdad me duele es mi propio conflicto interno, mi propio juicio hacia el otro o hacia mí mismo.

Y aquí justo en este punto es donde decido dejar entrar el perdón a toda mi humanidad. A todas las luces y las sombras que percibo en mí.

Si yo no puedo evitar pensar lo que pienso, o mostrar el personaje que muestro, sino puedo evitar que se despierten esos pensamientos de ataque ante un conflicto…quizás sí que pueda perdonar todos esos pensamientos, entregar mi mente a un nivel de consciencia más elevado que aquel que creó el conflicto (llámese Dios, el Amor, mi Yo superior, el Universo…) para que me muestre otra manera de ver ese conflicto, más allá de mis propios pensamientos y significados.

Así que aquí y ahora, me rindo. Quiero dejar de darle mi propio significado a cada cosa que sucede, porque es agotador y profundamente doloroso querer mantener un personaje que necesita definirse por oposición a los demás o que siente la necesidad continua de justificarse o defenderse por ser como es… y quiero descubrir cual es el significado que le da el Amor.

A esto le llamo quitarme de en medio y dejar que la verdadera Luz y el verdadero conocimiento puedan brillar en mí y a través de mí.

Y quiero aprender a amarme en toda mi humanidad, más allá de todos mis pensamientos y la faceta que decide ejercer mi personaje en cada momento.

En esas estamos 😊

Gracias por acompañarme.

Con amor,

Maricarmen

Maricarmen  Pérez Díez

Instructora de mindfulnessTerapeuta transpersonal y maestra de Reiki.

La herida es el lugar por donde entra la luz»

Rumi

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