Cuando la libertad te alcanza

La intensidad del amor con el que nuestra vida nos ama constantemente, le resulta completamente insoportable a nuestra personalidad. Como aparentes cuerpos separados, necesitamos defendernos continuamente de todo lo que nos ocurre alrededor, pues la muerte parece acecharnos por todas partes y presentada de múltiples maneras: situaciones, personas, el  tema del dinero etc.

Vivimos en un estado casi permanente de temor y defensa que nos genera una inquietud casi constante. Y tememos perder ese estado porque algo dentro de nosotros teme que si pierde esa alerta, si deja de defenderse, desaparecerá y será arrastrado por aquello de lo que se está defendiendo.

Sin embargo, lo curioso de todo esto, es que precisamente cuando uno se atreve a soltar toda defensa, toda alerta…¡ajá! aparece y toma conciencia de esa Vida que le está dando vida…y al perder la defensa pierde con ello aquello que le amenazaba, pues toda amenaza desaparece.

Brilla sencillamente el Ser inmutable en el interior y puede Ver como aquello de lo que creía estarse defendiendo todo el rato, no existe en realidad.

Y sí, es verdad que puede dar un poco de susto al principio. Porque de repente te das cuenta de que todo lo que has pasado imaginando la mayor parte de tu vida como real, es mentira.  ¡Es mentira! Jajaja, tremendo, toda la vida teniendo miedo de algo que en realidad no existe! ¿Os lo podeis imaginar?

Y eso nos resulta muy insoportable, y asusta mucho porque supone de repente ver como toda tu estructura de pensamiento siempre ha sido falsa. ¿A que agarrarse, entonces?

De repente no tienes nada a lo que agarrarte, porque solo tienes libertad. De hecho,

Tú eres la Libertad.

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Y la libertad es lo que tiene, que libera: te libera del miedo, de las amenazas, te lleva a ver la maravillosa perfección que existe en cada molécula de cada cosa y de cada cuerpo que ves, y hasta del aire también.

Es como las nubes en un día de tormenta, parece que no hay nada más que gris y lluvia pero de repente alguien enciende la luz -sale el sol- y ves que no, que esas nubes solo estaban tapando la inmensidad del cielo. Y que por más que creas que esas nubes negras son todo lo que hay, y que no existe otra cosa, todo el Universo está ahí, detrás de las nubes, y de repente te das cuenta de que ni las nubes más grandes ni amenazadoras pueden alterar ni una pizca la increíble existencia de los planetas, o de las estrellas, ni de la verdadera naturaleza del Universo y de la Vida.

Y entonces empiezas a conocerte de verdad, no como el personaje que actúa movido por los hilos de no sé que destino caprichoso, sino como el Creador de todo, de absolutamente todo lo que ve. Ya no hay nadie a quien responsabilizar de nada de lo que ocurre, ni para bien ni para mal.

Sencillamente la Vida Es, y te reconoces como esa Vida en todo lo que ves, porque no estás limitado por nada. Y aprendes a dejar de defenderte. Pues eres consciente de que, en realidad, nada puede hacerte daño ni alterar lo más mínimo lo que ya eres, lo que siempre has sido y siempre serás.

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Por Maricarmen Pérez Díez

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